Textos / Texts
X. Antón Castro Fernández
Director del Instituto Cervantes de Milán
En un marco de géneros artísticos diluidos y con sus límites rotos, la obra de Victoria Diehl, explícita en el propio título de la exposición que presentamos – De la carne a la piedra –, ejemplifica el sentimiento totalizador de una estética que hibridiza la historia del arte, a través de algunos de sus mitos clásicos, y el presente, para situarnos frente a un lenguaje que funde, en un sorprendente collage de orden visual y conceptual, aquellas ideas de representación que nos remiten, sin fisuras, a la pintura y a la escultura, en el punto de encuentro de su congelación apropiacionista: la fotografía.
Como en el The Waste Land de Eliot, las fuerzas de la naturaleza se rebelan desde su condición mítica en busca de un presente continuo, pero, en el caso de Diehl, la nacarada carne humana, de tacto frío, con la piel de las viejas estatuas desnudas que nacieron en Grecia y en Roma y se popularizaron en el clasicismo neo o en el dramatismo barroco de Bernini, mudan su quietud simbólica con olor a necrofilia conmemorativa, en cuerpos revividos, capaces de sentir y de transmitir emociones, capaces de romper el hieratismo de aquellos retratos e iconografías narrativas para afirmar la identidad desdoblada de Rimbaud. Entonces el “je est un autre” dispersando lo individual y el ego no hace más reforzar la escisión de la identidad que ya había previsto el psicoanálisis. Y el cuerpo se eleva como expresión física del yo, imagen y receptáculo simbólico: lugar donde se citan el deseo y la seducción, la pasión y el dolor, lo cotidiano y la fascinación narcisista tanto como la citada identidad múltiple, siempre compleja y escendida, auténtico instrumento performántico y metairónico para interpretar el mundo desde la fragilidad metonímica que irremisiblemente nos remite al ser humano. Es el eco del cuerpo creativo, al que tan maravillosamente alude Octavio Paz, en muchos de sus libros, que logra arrancar en la modernidad carnosa y constante de Whitman, proyectado en su lenguaje como presencia plural. Sin el cuerpo – dice al respecto – la poesía de aquél quedaría en oratoria, sermón, editorial de periódico, proclama. Su poesía llena de ideas y pseudoideas, lugares comunes y auténticas revelaciones es una enorme masa gaseosa que de pronto encarna en un cuerpo-lenguaje que podemos ver, oler, tocar y, sobre todo, oír (1). De ahí nace el singular propósito de Paz, exaltando el presente que es la presencia del cuerpo, cuya rebelión es también la de la imaginación (2), y, en definitiva, sin ser la búsqueda del Edén terrestre ni de la eternidad sin fechas, es la búsqueda de la realidad real, es el hoy y es la antigüedad más antigua, es mañana y es el comienzo del mundo, tiene mil años y acaba de nacer (3): es el otro tiempo, el verdadero, el que buscábamos sin saberlo, es decir, el presente, la presencia, el cuerpo.
Victoria Diehl lo ha encontrado en el mundo secreto de las estatuas, ocultas en la poética del tiempo o tal vez en el tenebrismo oscuro de las sombras, que reflejan las tormentas y los rumores de Eliot.
En su trasgresión del tiempo, lo fragmentario sugiere el todo y la cita metonímica alude a los propios problemas como problemas del mundo (escritos en el cuerpo mutilado o no que evoca en mi la filosofía que confrontaba lo sacro a lo profano, que con tanto acierto había teorizado Julia Kristeva, hace unos años, en una exposición sobre el tema, en el Louvre parisino), reviviendo la nacarada imagen del mármol o acudiendo a la sugerencia y al gesto que debemos descifrar: ojos que escrutan, bocas que claman, rostros, pechos, cuerpos que se mueven en el curso performántico. Seres mentados por alguna de sus partes o por determinados objetos…se nos manifiestan como imágenes de un tiempo simbólico, que es el de la capacidad gadameriana de reconocernos a nosotros mismos.
Definitivamente el tiempo de las estatuas puede ser también un espejo de la vida implícito en la estética del yo más solidario de las escisiones que imaginara Rimbaud.
(1) Los hijos del limo. Ed. Seix Barral. Barcelona, 1990, p. 164.
(2) Id., p. 219.
(3) La quête du présent. Discours de Stockholm. Ed. Gallimard. Paris, 1990, pp. 54 y 63.
Antón Castro para el catálogo de la exposición “Dalla Carne a la Pietra”. Instituto Cervantes de Milán, 1 de Febrero al 23 de Marzo del 2007.
PULVIS ES (EN PULVEREM REVERTEREIS)
Carlos Ortega
Director del Instituto Cervantes de Viena
Durante un tiempo en España, cada vez que alguien quería golpearnos el ego, amenazar nuestra arrogancia con la evidencia de nuestra poquedad, utilizaba la famosa frase:
“Polvo eres y en polvo te convertirás”. Como era un periodo de la historia en el que costaba trabajo deslindar la imagen de la realidad uno se tomo la frase siempre literalmente, de forma mineral, ni al principio de uno ni al final de sus días: la tierra va a la tierra, sí, pero ¿Dónde esta esa tierra, de donde sacar la tierra que va a la tierra? Había una interpretación que reconciliaba la frase con la aspiración de algunos de fundirse con la naturaleza: eres la naturaleza, viva o muerta, vivo y muerto. Pero lo que más marcaba era la huella de fugacidad que la frase dejaba en la cabeza. El periodo de la vida, nuestra etapa de ser animado, no era más que un respingo del tiempo entre dos infinitos igualmente minerales ambos: polvo al polvo, de polvo a polvo.
Las fotografías de Victoria Diehl sancionan esta reflexión al unir la carne a la piedra sin solución de continuidad, como si las hubiera soldado la propia naturaleza, como si una y otra fueran la misma cosa. Sin embargo, el simple análisis fisiológico declara que la naturaleza humana posee más la humedad del agua que la sequedad del polvo. ¿Es acaso esta fusión o confusión de la piedra y la carne que victoria diehl nos propone una unión antinatura? Los griegos crearon aquellas figuras hibridas, las manticoras, las esfinges, los hipogrifos, las quimeras, para expresar aspectos humanos que quedaban fuera de la humanidad. Y algo hibrido en este mismo sentido hay también en las figuras de Victoria Diehl, algo humano que al propio tiempo, es inhumano como lo pueda ser el héroe.
Las estatuas clásicas, las griegas y las romanas y las del renacimiento, esas mismas estatuas que están en el origen de estas fotos, trataban de dar una inmortalidad de piedra a los héroes y a los dioses. De este modo, el arte expresaba el poder humano y divino mediante lo inmóvil y macizo, como si lo inmóvil fuera la seña característica no sólo de la fuerza física si no también de la fuerza espiritual. Mediante lo inmóvil se manifestaba la determinación del carácter y de otros signos de poder, como la residencia o el recogimiento. Y es que el héroe clásico era así, sordo y mudo a los continuos reclamos de todas las cosas y la estatua por ser inmutable fue su primer modelo. Victoria Diehl ha añadido ahora a esa estatuaria heroica y divina, a su impasibilidad inerme, el reposo de lo vivo en realidad, ha añadido a su deterioro la masilla de la carne viva, o por decirlo de otra manera, ha petrificado la carne. ¿Cómo late lo vivo en lo muerto?, podríamos preguntarnos, o ¿como se inmoviliza lo que es por naturaleza inquieto, vacilante y mudable? Con el pulso y el silencio propio de la misma precariedad de que gozan lo uno y lo otro, podríamos respondernos. ¡Cuantas bellas estatuas que mueren cada día, desgastadas por la intemperie, erosionadas por la vida! ¡Cuantos cuerpos despedazados vivos que amanecen, sin embargo, en el esplendor nuevo que anuncia la ceniza que guarda, por igual, a todo héroe y a todo villano!
Con su invención, Victoria Diehl concede la hermosa indulgencia de sus fotos a lo que es por igual vulnerable, del mismo modo que vemos que el equilibrio, el físico y el artístico, absuelve tanto a nuestros pesados cuerpos como a las estatuas clásicas de caer irremediablemente al suelo convertidos en un montón de polvo por pura ley de la gravedad. Esta indulgencia consiste en hablar con un lenguaje sumamente dedicado a la fragilidad de lo que existe, ya no de la fugacidad de la vida, ya no del polvo que seremos, y representa un paradigma de la paz que uno puede alcanzar consigo mismo, la adaptación plena y gozosa de la situación como hombre, de que la hermosa pasión de la carne esconde siempre una inquietante sequedad.
Carlos Ortega para la inauguración de la exposición “Leben und Tod der Statuen”. Instituto Cervantes de Viena, 29 de Marzo de 2007